La meditación no es algo nuevo para mí. Mi papá empezó a enseñarme cuando yo era muy chiquita. Le apasionaban la metafísica y la filosofía, así que su hija pequeña recibió desde temprano una educación en técnicas de respiración, concentración, disciplina mental y las muchas hazañas extraordinarias que, supuestamente, una persona podía lograr con suficiente práctica.
Sin embargo, eso no vino sin consecuencias.
La idea básica era que si meditabas, practicabas la respiración y aprendías a concentrarte bien, con el tiempo podías hacer casi cualquier cosa. Levitar. Atravesar paredes. Que te creciera una dentadura nueva. Ya sabés. Lo básico.
Mi papá me contaba historias de faquires y místicos que habían desarrollado esas capacidades. Quizás un adulto las habría entendido como historias sobre el potencial humano. Yo tenía ocho años. Las entendí como instrucciones.
Meditaba todos los días. Hacía mi propia versión de nena chiquita, que, a decir verdad, quizás no sea tan distinta de lo que hago ahora. Así seguí durante meses.
Hasta que una mañana me desperté, me senté en la cama y lo supe. Estaba lista. Lo recuerdo con muchísima claridad. Uf, parece que hubiera sido ayer. Tenía una fe enorme. No tenía ninguna duda. Ese era el día en que iba a volar.
Sí. Había meditado durante lo que me parecía una eternidad y sentía que había dado un paso importante en mi práctica. Dicho como una auténtica nena de ocho años, ¿no?
¿Volé? Claro que volé. El cómo... es otro tema.
Vivíamos en un departamento de dos niveles, con el sillón en el piso de arriba. Lo arrastré hasta el borde de la escalera, me subí al apoyabrazos y me lancé con todas mis fuerzas hacia un pedazo de aire vacío sobre la planta baja. No me guardé nada.
Me tiré al aire sin ningún reparo, con los brazos estirados hacia adelante, estilo Superman. Esperaba con total convicción quedarme suspendida exactamente en el lugar que había elegido antes del despegue. No había puesto almohadones ni tomado ninguna otra precaución. ¿Para qué? Estaba lista. Podía levitar.
¿Se me ocurrió empezar con un pequeño intento de práctica desde el piso? Ni loca. Eso era para gente de poca fe.
Volé, sí — de cabeza contra el duro piso de madera.
Me rompí la nariz y salpiqué sangre por todos lados. Fue la primera de varias narices rotas, para desesperación de mis pobres padres.
El golpe debe haber sonado espectacular, porque mi mamá vino corriendo desde la cocina y mi papá desde el dormitorio. Mi mamá me miró. Después miró a mi papá. Sabía que, de alguna manera, él era responsable de esto.
Mi papá se agachó a mi lado, examinó la sangre y el ángulo de mi nariz y dijo, con total seguridad: "Yvette-kem, simplemente no meditaste lo suficiente". Yvette-kem significaba "mi querida Yvette".
¿No había meditado lo suficiente? Mmm. ¿Me había perdido de algo?
"Seguí practicando", continuó. "Y vamos a sumar más flexiones a tu rutina, para que te endurezcas un poco".
No pestañeé, no discutí, no lo culpé ni dudé. Dije: "Bueno".
No me malinterpretes. No era obediencia ciega a un padre. Le creía porque creía en todo el proyecto. Seguí practicando. Todos los días.
Seis meses después intenté volar otra vez. Esta vez elegí el balcón de nuestro departamento en el piso 11. No lo logré, obviamente, porque sigo acá.
Esta vez no iba a saltar. El sillón me había curado de eso. Quería sentir cómo sería levitar con la ayuda del viento, dejar que me levantara y me llevara un poquito.
Hasta el día de hoy, a mi mamá le dan escalofríos cada vez que se acuerda. Perdón, mamá.
¿Viste cómo los surfistas esperan la ola perfecta? Eso era exactamente lo que yo hacía. Esperaba la ráfaga de viento perfecta. No, no estoy bromeando.
No creo que haya sido una nena delirante. Era increíblemente motivada, curiosa y muy experimental. El dolor y la incomodidad no me frenaban como parecían frenar a la mayoría de mis amigos. Hay que admitir que ellos quizás tenían más sentido común.
Pasé por encima de la baranda hasta quedar colgada del lado de afuera, sostenida con los dedos, once pisos arriba. Ahí estaba, disfrutando del sol, escuchando el susurro de las hojas de los árboles cercanos y esperando tranquila mientras el viento empezaba a levantarse. Esperaba mi ola.
Sí, sabía lo que era la gravedad. En mi mente no había ni una pizca de duda. Había decidido que esto iba a pasar y, por lo tanto, tenía que pasar.
Mi mamá estaba en la cocina. Cuando entró al living, justo miró hacia el balcón. Vio mis dedos agarrados al borde por dentro. No podía ver el resto de mí. Ni hace falta decir que se desesperó. Un poquito.
Corrió al balcón, me agarró con las dos manos y me tiró de vuelta por encima de la baranda hacia adentro del departamento en un solo movimiento. Es más fuerte de lo que parece. Los lugares donde sus manos me habían apretado se hincharon después, como si me hubiera golpeado algo muy caliente y pesado.
Después de eso casi no me habló. Me informó que tenía prohibido el balcón y que ni siquiera podía mirar en esa dirección. Ahí terminó la conversación.
Tenía razón en estar aterrada. Ahora lo veo de una manera en que nunca habría podido verlo a los ocho años.
Sospecho que después, a solas, le armó un lío tremendo a mi papá. Mi papá y yo nos metíamos en problemas juntos todo el tiempo por todo tipo de inventos, así que no habría sido nada raro.
El verano siguiente, cuando por fin me dejaron volver al balcón, logré que me lo prohibieran otros seis meses.
Hice explotar el sillón.
En mi defensa, estaba haciendo un experimento. Mi papá y yo explorábamos juntos el mundo natural todo el tiempo. Él prefería dejarme aprender haciendo en lugar de sentarme a darme las respuestas. Me había mostrado varias formas de hacer fuego: con hilo y madera, golpeando distintos metales y piedras entre sí, y concentrando la luz del sol con lupas de distinta potencia.
Las lupas eran el objeto de mi experimento esa tarde. Estaba tratando de determinar la combinación óptima de distancia y tiempo necesaria para producir una llama. Era muy científica.
El sillón era uno viejo, heredado, que mis padres habían puesto en el balcón. Mi papá había decidido que unos agujeritos quemados no serían una gran pérdida. Por desgracia, encontré una parte de la tela especialmente seca. El sillón no humeó. Estalló en llamas.
Para cuando mi mamá salvó la situación, una vez más, el sillón era una pila de escombros mojados y todo el balcón estaba negro y chamuscado.
Quiero dejar algo bien claro. Esa era la primera tarde que me dejaban salir sola al balcón después de mi prohibición de seis meses. También fue mi última tarde ahí afuera por otros seis meses.
En ese momento me pareció profundamente injusto. Nunca había hecho travesuras a propósito. No intentaba romper nada. Era curiosa. Tomaba notas. Usaba el método de eliminación. Quería respuestas a mis preguntas candentes sobre la vida.
Mi pobre mamá quería un hogar regido por reglas estrictas, rígidas y sensatas. En cambio, le tocó una hija Géminis que quería liberarse de todas las reglas jamás escritas y estaba dispuesta a experimentar con la gravedad, el fuego y los nervios de su madre en busca de conocimiento.
Hoy disfruto la historia. No disfruté la prohibición del balcón. Después de todo, no me había portado mal.
Estaba investigando.